Reflexión individual: Silvia



Este curso comenzó con una reflexión acerca de lo que es importante para la innovación. Surgieron ideas como el tener objetivos de mejora, una mentalidad abierta y dispuesta al cambio, ser creativo e inconformista, tener conocimientos previos para poder mejorar y estar en constante evolución y renovación como docentes. La conclusión a la que llegamos es a la de que lo esencial y principal es inconformismo: no aceptar lo que ya tenemos, sino intentar alcanzar algo mejor.

Por tanto, ¿cuál es la clave para innovar? Desaprender. Olvidar los que sabemos, mantener nuestras estrategias pero obviar lo que creemos que está bien y que es correcto, mirando de nuevo hacia atrás y preguntarnos qué podemos mejorar. Ese es el punto de partida de toda mejora que podamos realizar, tanto en nuestras aulas como en nuestros centros.

Tras la elaboración de los mapas mentales a raíz del vídeo La educación prohibida, pude darme cuenta de que a mayoría de nosotros habíamos diferenciado la escuela tradicional de la escuela deseada: esta es la prueba de que existen cosas en la educación que queremos mejorar.

Como podemos leer en La investigación acción: conocer y cambiar la práctica educativa (2005), capítulo 1, pg.  10 de Antonio Latorre sobre que la escuela no enseñará con calidad “si continúa siendo pasiva […] y poco crítica; si continúa siendo una escuela que ni motiva a aprender ni a investigar y transformar la realidad.” Debemos por tanto “propiciar una enseñanza orientada a descubrir, innovar y pensar para construir el conocimiento.”

Este tipo de enseñanza no es la impartida actualmente en nuestros colegios, por ello necesitamos un cambio en las prácticas de nuestros docentes. Este cambio tiene el nombre de “investigación en las aulas”.

Con esto conseguimos transformar a nuestros profesores en investigadores: críticos y capaces de cuestionar su propia práctica, analizarla e indagar en busca de mejoras, con el objetivo de perfeccionar sus métodos y estrategias. También reflexionan con el fin de adaptarse a cada situación de sus alumnos y de su aula, preguntándose por sus objetivos y evaluando los resultados que obtiene. Además se sirve de la ayuda de sus compañeros profesores para llevar todo esto a cabo.

Reflexionar, durante la práctica docente, es la forma que tenemos los maestros de mejorar a través del cuestionamiento y del análisis de nuestros resultados. Nos preguntamos qué y cómo lo estamos haciendo, y así conseguimos darnos cuenta de nuestros aciertos y de nuestros errores.

Esta reflexión es difícil de conseguir de forma individual, pues muchas veces no somos capaces de ver nuestros propios errores. En cambio sí nos damos cuenta de los fallos que cometen otras personas, y de ahí la importancia de la reflexión compartida. Esta nos permite analizar nuestra práctica docente desde otros puntos de vista y nos ofrecerá diferentes ideas y propuestas de mejora.

Lo que no podemos permitir es que alguien ajeno a nuestro aula, al centro y a los alumnos intente tomar decisiones y aplicarlas en nuestra práctica docente. Nadie externo que no entienda las situaciones particulares de cada niño, aula y centro puede permitirse el lujo de tomar decisiones que los afecten y adueñarse los méritos. Tanto los méritos como los fracasos son fruto de las decisiones que toman y deben tomar los docentes, como he dicho antes, trabajando en conjunto y ayudándose los unos a los otros.

Cuando todas las características del profesor investigador se materializan en una persona física, esta puede aplicar sus nuevas ideas en su aula o puede crear, junto con otros profesores semejantes a él, un proyecto innovador curricular. Es decir, trasladar sus ideas innovadoras al currículo del centro para que se hagan realidad en todas las aulas y para todos los alumnos.

Tanto en clase, como con mi grupo de trabajo o incluso con mis amigos, cuando ha surgido el tema de las escuelas innovadoras, nos hemos preguntado y hemos discutido hasta qué punto es posible organizar y seguir un currículo atípico, que rompa con las reglas de lo usual.

En primer lugar porque romper con las reglas y que alguien te siga es siempre difícil, al igual que compartir ideas y valores con todas las familias. Y por otro lado, por el presupuesto que normalmente se necesita para fundar una nueva escuela con nuevos profesores innovadores en su práctica docente.

Es cierto que estos impedimentos muchas veces son fruto de nuestra imaginación. Por lo que he podido escuchar de algunos de mis compañeros o amigos, nos creemos que para innovar necesitamos todo el dinero del mundo y que todos estén de acuerdo con nosotros.

En realidad, la verdadera innovación puede llevarse a cabo en cualquier centro público español construido hace 20 años y apoyado por padres que, aun no sabiendo qué es innovación, sí entienden cuando sus hijos están o no aprendiendo adecuadamente.  

Por tanto, no es tan complicado hacer realidad una idea de innovación en los centro, lo difícil es atreverse y lanzarse al cambio como maestros.

Sacamos como conclusión que la innovación puede estar en las cosas más simples, tan solo necesitamos hacernos preguntas para encontrar respuestas. El primer paso para innovar nace de uno mismo, de las ganas que uno tenga de autorrealizarse y de tener éxito en su práctica docente, pues al final el objetivo de todo buen profesor es el mismo: conseguir que sus alumnos aprendan de la mejor forma posible.  

Silvia Peces Larrán

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